Nada quedaba. Y la historia se volvió a contar una vez más. Pequeña, resumida, ni ganas quedaban de recordar.
-Vete, no te preocupes si no te puedes ocupar. No te deben ver conmigo...
Parecía un mantra. No le gustaba decirla, pero era la verdad. No debían ver a ningún Alma conmigo...y se alejó. Y de verdad se sintió esa opresión en el pecho por milésima vez. Pero no fue lo mismo, porque no continuó en el camino. Solo se sentó frente a mí y me observó.
-No puedo dejarte así, me sentaré aquí contigo hasta que encontremos una forma de que tu amado Bosque vuelva a florecer, hasta que confíes en esta alma porfiada.
¿Recuperar mi amado Bosque? Parecía mentira, pero sus ojos me decían que sí, que ella lograría o por lo menos tenía pensado encontrar la manera que las cenizas volaran y que nuevo verdor creciera en aquel desolado paisaje. Era mucho trabajo, mucho tiempo, mucha vida...pero tenía que ser así. Porque solo de esa manera se lograría entender lo que faltaba, proque sólo así se apreciaría lo que se había recuperado.
-Lo sé, pero yo soy un espíritu sensato...
Sensatez. Amarga herencia de los tiempos inmemoriables, de los momentos amados, de todo lo vivido y acontecido. Porque el fuego de un falso cariño lo consumió todo, porque el Leñador no tuvo compasión de mi Bosque, pero sí de mí...¿para qué seguir?
Suspiré. Y por esa vez, solo por esa vez, me quedaría sentado, esperando el milagro, sin habitar nunca más corazones ajenos...solo pensando en la solución. O hacíamos florecer el Bosque...o esa Alma Porfiada se quedaría sentada hasta la eternidad con tal de verme sonreír...