lunes, 5 de octubre de 2009

El Espíritu Corrompido (y lo que el Alma hizo)

-¡Vete!


Por primera vez, desde que decidió sentarse frente a mí, le grité al Alma Porfiada. Ella miró, sospechó, se sorprendió y sonrió.


-No me iré, bien lo sabes. Soy porfiada, testaruda, ignorante, lo que quieras. Pero aquí me quedaré.


Se cruzó de brazos y sonrió. Definitivamente esa Alma era testaruda. De pronto, un dolor punzante, horrible, se sintió en el vientre. Caí de la roca, sujetando lo que quedaba de mí. Agonía...eso se sentía. Morir, desaparecer. Se veía tan cercano, tan pausible, tan perfecto. El dolor aumentaba, silencioso, arrasando con cualquier vestigio de vida que quedase en mí. Lentamente todo se hizo negro, sentía que perdía la razón...nada quedaría ya...y de pronto...un golpe...


-¡Espíritu!, ¡despierta!


Abrí los ojos asustado, y ahí estaba. La Alma Porfiada, a un lado de la roca, remeciéndome, golpeando suavemente mis mejillas, arrugando la oxidada chaqueta...salvándome la vida...

Me levanté furioso y la miré.


-¡¿Qué haz hecho, Alma Insensata?!

-Te he salvado. No puedes morir aún...

-¡Esperé este momento años!, ¡lo haz arruinado todo!, ¡vete!, ¡¡VETE, NO TE QUIERO VER!!


Me senté en mi roca, de espalda al Camino. Pasaron días, noches. Escuché murmullos y gritos. Algarabía y tristeza entre las Almas. Y cuando ya la luna salía por millonésima vez, miré hacia atrás. Y ahí, casi de milagro, el Alma Porfiada me sonrió.

Descrucé los brazos y me levanté. Me senté frente a ella, aún fuera del Camino. La miré. Se había pintado roja su nariz, y su sonrisa se iluminaba. Quizás desde cuando tenía la nariz así. Con mi dedo, pinté mi nariz de negro y ella sonrió eufórica. Tomé sutilmente su mano y la acaricié.


-Gracias Alma...sabías que algún día te lo agradecería...


Ella sonrió y aplaudió mientras besaba mis mejillas. De pronto, algo crujió. Miré mi pecho y vi que, entre toda la carne quemada, entre huesos ennegrecidos, entre vacío...un latido de un corazón rojo. Rojo...y vivo.

Miré al Alma completamente anonadado.


-¿Qué haz hecho, Alma?

-Quererte, Espíritu...simplemente quererte...y algo más...


Pasaron meses, siglos, años. El Alma se quedó ahí, yo tampoco me moví. Un día, sin más, me levanté. Sacudí mi ropa y miré al Alma, sentada en el suelo del Camino. Acaricié su rostro y le señalé el Bosque Calcinado.


-¿Me acompañas, Alma Porfiada, a sacudir algunas cenizas?

-¿Por qué yo, Espíritu?


Ella se levanta sorprendida y yo comienzo a caminar, mientras mi mano genera pequeños remolinos de viento, que vuelan a limpiar el Bosque.


-Porque te amo, Alma...simplemente por eso...


Y así es como un Espíritu corrompe su esencia espiritual...